La pieza de Quillacollo ya está pagada y ella recién sale del baño con medias de red y nada arriba. Se acomoda el pelo y se toma su tiempo. Cuando el amigo por fin llega, en la cama ya son más de dos.
Es de esas mujeres de cochabamba que no piden permiso para nada. Se inclina sobre el borde de la cama, apoyada en los codos, sin decir una palabra; solo se escucha la respiración y la tele de la habitación de al lado.
Después se arma la segunda ronda en el servicio, más apretado, ella contra la pared. Terminan todos de nuevo en la cama, nadie se quiere ir, y el hotel ahí, sin enterarse de nada.
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