La tipa entra al cuarto detrás del che y no pierde tiempo: a los pocos segundos ya está en la cama con las piernas abiertas. Él arranca despacio, más por gusto que por mansedumbre, y cuando la escucha quejarse más fuerte aprieta el paso. Las chicas de cochabamba saben lo que quieren y esta lo sabe desde la puerta.
Cambian de posición montones de veces: ella arriba, de lado, otra vez en cuatro. En algún momento suena el celular en la mesa de noche y ninguno lo pesca. El espejo del ropero quedó empañado de tanto calor encerrado en la pieza.
Ella termina con la cara contra la almohada y una sonrisa que no se le borra. Él se tira al costado, sin aire, y los dos se quedan así un buen rato, escuchando el ruido de la calle que ya se despertó.
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